lunes, 24 de enero de 2022

ELORRIO (relato)

Emprendíamos la marcha al despuntar el día y como mi padre no tenía coche para llegar a Elorrio esperábamos a nuestro compañero: un gitano, de pose flamenca, breves frases vestidas de orgullo que elevaba su barbilla al hablar. Tanto en la ida como en la vuelta el sol parecía ocultarse y puedo prometeros que los días se hacían eternos y las noches un suspiro.

Pocas veces mis padres han estado de acuerdo en algo. El anuncio de abandonar los estudios provocó su conspiración que no encontró ninguna traba en mi candor. Ingenuo y convencido, caí en la trampa y aceché la primera miga que colocaron en mi camino: ganar dinero para salir con mis amigos. Acepté el reto convencido de mis posibilidades: derribar un banco, pero no de los de sentarse, sino una sucursal bancaria. ¡Ay! Pocas veces un aprendizaje selló una impronta tan profunda.

Cuando entramos en la sucursal no podía imaginar por donde había que empezar y me dejé guiar. Los desastres pronto me persiguieron: recuerdo a mi padre explicándome que “abriera el paquete de tabaco al revés” para no manchar los filtros, yo no lo hice, o como ese mismo paquete, que “debería haber guardado bien”, acabo bajo un montón de tablas y escombros: aquel primer día no fumé más y yo sin dinero. Me dolió más que todos los cascotes y escombros que aterrizaron en mis extremidades.

En el hamaiketako1, recuperábamos fuerzas, me desperezaba y me sentía como Atlas al otear el resto del día. Más tarde disfrutaba del bocadillo, que mi abuela había preparado con gran devoción, y de las historias que me contaba el gitano, siempre rodeando su orgullo: escudo y esencia de vida. Malvivía transitando esta enseñanza y huía de mi padre culpabilizándolo de mi sufrimiento.

Fue una pesadilla derribar el “bunker”, donde la sucursal se separaba en dos zonas: el patio y la caja. El suelo y alzado tenía gomaespuma mezclada con el encofrado, no se podía utilizar la taladradora, que se encajaba, hundiéndose y perdiendo fuerza, tuvimos que picar a golpe de brazo y levantar la gomaespuma a mano: un sudoroso purgatorio.

Cuando llegábamos a casa, amodorrado durante el trayecto, el agotamiento me impedía cenar, caía en la cama vencido y sintiendo en mi cuerpo el peso de mi decisión. Notaba el destino contemplándome como el cuervo de Poe. Me hundía en la cama y al instante volvía a la furgoneta camino a Elorrio, al hamaiketako desesperante, el bocadillo de mi abuela y las conversaciones con el gitano.

Pasadas dos semanas, el último día de trabajo, mi padre y yo nos perdimos a explorar el pueblo y llegamos a una campa en la que nos tiramos para hablar, descansar y cambiar el mundo. Le pedí perdón por mi distancia, anticipamos mi futuro en la universidad y pasamos juntos un pequeño momento de nuestras vidas: una experiencia que ya nunca más se repetiría.


1: En el País Vasco significa literalmente 'la de las once' (hamaika, 'once') —, un almuerzo que se sirve a media mañana y que constituye la segunda de las cinco comidas que se han de tomar cada día.

sábado, 22 de enero de 2022

EL VIAJE INICIÁTICO (relato)

Maestro, me presento ante vos, con humildad y obediencia, una vez finalizado mi viaje, y ahora, pasados tantos años, creo tener la certeza de poder responder las preguntas que me formulasteis antes de partir.

Me alegro de verte hijo mío y ahora que te presentas ante mí, ¿qué respuestas traes? ¿Contestarás ahora, una a una, mis preguntas?

Sí, maestro.

Hijo, ¿a qué sabe una mandarina? 

En culturas como la asiática el árbol de la mandarina se relaciona con la prosperidad, la suerte y la fortuna, de su fruto deriva en un sabor especial: la felicidad. Al ser la primera pregunta y el inicio de una búsqueda, debemos entender la felicidad como nuestro objetivo para cualquier viaje vital, pero no al final del recorrido, ya que siendo la mandarina circular, signo de un camino tenaz y redundante, deberíamos escudriñar la felicidad en el propio tránsito por la senda, disfrutando así de nuestra existencia mientras la vivimos.

Aciertas en tu primera respuesta, ahora respóndeme, ¿A qué sabe una taza de chocolate caliente en invierno?

Son muchos y conocidos los beneficios del cacao, pero el chocolate caliente y más en invierno es calor, como la hoguera que antiguamente calentaba y protegía a nuestros ancestros y de hoguera declinamos la palabra hogar. La sensación de calor nos recuerda a la familia, que debe ser sustento de cualquier vida; el pilar sobre el que formarnos como personas y con el que dejaremos para el futuro, a través de nuestros hijos, un verdadero legado. La taza de chocolate caliente maestro sabe a familia.

Y entonces, ¿A qué sabe un cuchillo de acero inoxidable?

Esta pregunta es fácil maestro, el sabor del cuchillo es amargo y frío, con esta pregunta quería que entendiera que la vida es dura y a veces áspera: no todo es agradable; que junto a las alegrías que podamos vivir compartiremos el camino con episodios duros. Por tanto el cuchillo es lo contrario al sabor de la felicidad, pero debemos sentirlo e interiorizarlo para valorar su opuesto. El cuchillo sabe a tristeza.

Has meditado correctamente las tres primeras preguntas, pero ahora, ¿qué me dices de cómo suena una barra de pan?

Responder esta pregunta me llevo mucho tiempo maestro. Al principio lo visualicé como una metáfora, como en la cultura cristiana, donde  el pan une en la mesa a los apóstoles alrededor del cuerpo de su dios y así pensé en la fe, en lo trascendente, como camino, pero la realidad es que existen ascetas y ateos que encuentran la felicidad completa, por lo que medité en el pan como algo elemental, como  nexo de lo básico, el alimento primario que llevado a una búsqueda iniciática representaría la importancia de los valores más sencillos de la vida, disfrutar de los pequeño, lo simple y lo básico. El pan suena a firmeza en los fundamentos humanos, a la esencia de lo importante, así debería ser el ritmo del pan: el que marque la toma de decisiones en nuestro transito vital: el sonido del sentido común.

Ya te encuentras más cerca del final y pese a que te costara la anterior pregunta considero la siguiente más compleja, dime entonces hijo, ¿a qué huele el otoño?

Maestro, al acabar el otoño llega el invierno, que significa el final de un ciclo: la muerte. El otoño es el ocaso, es madurez, es el comienzo del final del trayecto, pero dentro de un ciclo ininterrumpido, en el que todos volvemos a empezar; así en la parte de nuestro camino que supone el otoño, deberíamos haber cultivado nuestra mente, para antes de llegar al ocaso de la vida sentirnos plenos y, al igual que las hojas caen al suelo de los árboles, nuestra mente debería desprenderse de lo superfluo y banal asimilando conocimientos enriquecedores, ya sea a través de los libros estudiados o las experiencias acumuladas durante nuestra vida. El otoño huele a sabiduría.

Y bien discípulo, entendiendo lo que supone el otoño en nuestra vida, contéstame,  ¿qué hora del día de tu vida crees que es?

No se responder a esta pregunta maestro, ya que no puedo conocer mi destino sobre todo si asumo que la vida es cíclica, en todo caso debería ser lo suficientemente inteligente para no preocuparme por esta respuesta, porque nunca podré contestarla, desconozco mi destino más próximo, no sé si mañana será el último día de mi vida, si moriré en la próxima hora, no disfrutaría con todos mis sentidos si estuviera preocupado en cuanto tiempo de mi día me queda por vivir, por tanto maestro no tengo los conocimientos para responder o al menos prefiero considerar esta pregunta como intrascendente, tal vez sea aventurarme y prepotente por mi parte, si lo deseas puedes ayudarme maestro.

Muy bien hijo, tu búsqueda ha llegado a su fin y tu humildad y esfuerzo merece como regalo darte la respuesta a la sexta pregunta, ¿Quieres conocerla?

Sí, maestro.

Siempre la más importante: la primera del resto de tu día.

Gracias Maestro.

miércoles, 19 de enero de 2022

MARTÍN "EL LUNA" (relato)


Ayer falleció mi bisabuelo: Martín, “El Luna”. 

“El Luna” cumplió el axioma que todos somos hijos de los cobardes. 

No fueron mártires de utopías, solo pensaron en ellos y en sus familias, casi siempre ausentes mientras ellos se tiraban al monte. Eran ignorantes de ideales.

Fueron amigos de sus amigos, lloraron sin verter lágrimas las penas de gente cercana y ofrecieron su hombro y me atrevo a asegurar que invitaron a alguna ronda y a comer a un conocido del otro bando e incluso al tonto del pueblo.

 No eran héroes de libro, de esos  que se quedan abandonados en una cuneta, acompañados en una fosa u olvidados en el extranjero o vete tú a saber dónde. Mintieron, robaron e incluso mataron, algunas veces en beneficio propio y otras en ajeno (acertaría que por razón de galones). Y es que vivieron en guerra, hermano contra hermano, rojos contra azules, cada uno enarbolando su verdad impuesta y, obligados, portaron un arma al canto de la victoria, que fue la derrota de todos.

A Martín le llamaban “El Luna” porque cambió varias veces de bando. 

HISTORIAS DE LA CALLE (relato)

Me gusta,  pero, ¿podría definir por qué?, es mona, resultona, eso no se duda. Para mi desgracia hay demasiadas mujeres guapas y atractivas. Sigue manteniendo su figura, igual de sugerente  que cuando nos conocimos, una belleza indescriptible con un brillo especial en los ojos, negros como azabache, más que un rostro bello. Morena, melena y grandes cejas, mediterránea y con mucho carácter. 

A mí me asoma la barriga, curva de la felicidad le llaman, tampoco puedo hacer alarde. ¿Soy feliz?, ¿tanto ha carcomido la rutina nuestra relación?

Necesito mirar sus ojos, debo centrarme en sus ojos, en su mirada llena de amor y reforzar mis sentimientos, porque lo que me inspira es ternura. Sí, ese el sentimiento: ternura. Parece que hablo de una mascota.

Debería contarle qué pienso. La felicidad es la sinceridad, o al revés, no recuerdo exactamente el orden. Remarca esta virtud cuando hablamos de nuestra relación. Yo no pienso igual. El exceso de sinceridad roza el cinismo. Incluso ella, con su fuerte personalidad, no soportaría conocer la verdad o al menos no como yo la observo, ¡qué digo! Ni siquiera entendería mis dudas.

- ¿En qué piensas?

- Eh, en nada en nada.

- No se puede “pensar en nada”.

- Los hombres necesitamos esos momentos, se llaman momentos celda.

- No me cuentes otra vez esa historia, tienes que dejar de leer a Punset, o pronto parecerás una bombilla blanca como ese señor.

- Vale, vale. ¿Tomamos la última en ese bar?

¡Y dale con las canas! Ya vuelve a la carga, chica me hago mayor, ¿y qué? La vida es así. Qué bien sabe sacarme de mis casillas, directamente  no me dice nada pero  lo dice todo.

La chica que conocí ayer me encantó ¿y a quien no? Hablamos un par de horas, no recuerdo el bar. Se llamaba María, no Manuela, da igual, no sé si volveré a verla. Me encantó, algo apocada, coqueta y rubia; y qué ojos verdes, me traspasaron, parecía adivinar mis pensamientos. El sabor de la victoria cuando sentí que era mía, me imaginé con ella, en la cama, en el sofá, dando un paseo, viendo una película, una relación de ensueño. Todo es genial.

Carlos siempre dice lo mismo, todos proyectamos nuestras relaciones en otras personas, hombres y mujeres, sin distinción. Vaya tontería, pues claro, todos queremos lo bueno de la relación con alguien nuevo e idolatrado y evitamos ver los defectos, tanto los de nuestra pareja como los nuestros, los conocemos a la perfección y los odiamos, sobre todo convivir  con los propios.

¿Dónde están Carlos y Juan? , salir con ellos es más fácil. Hablaríamos de la chica rubia o el partido de ayer o los coches de hoy, no pensar, no fingir, chulear y vacilar a grupos de chicas o beber y reír, no pensar. ¿Debería contarle todo? ¿Sincerarme?, ser mejor persona: comunicarnos, ¿Soy cruel?

Nena, Te quiero. Y juntos, de la mano, continuaron su camino.

domingo, 16 de enero de 2022

BESO (relato)

Agité el paraguas entrando al hospital y recordé el pollo al ajillo que cocinaba “La Mary”. Nunca le pedí la receta. (Pasa por la derecha de la recepción, cruza dos pasillos, dobla a la derecha para ver los ascensores) Mierda. 

—Disculpa, ¿Dónde están los ascensores para las habitaciones? 

—Aquí mismo. Señaló la esquina – girando a la derecha. 

—Gracias, si es un perro me muerde. 

Crucé dos vestíbulos. Habitación 336. La puerta estaba cerrada. Golpee dos veces y pasé dentro sin esperar respuesta. No olía a pollo sino a hierba recién cortada y como a tierra mojada. La penumbra la aclaraban hileras de cuadrados alienados y diminutos de la persiana. 

—¿Abuela? Se agitó la cama. 

Subí un poco la persiana. El bulto resopló. La Mary dormía boca arriba. De las sábanas sobresalían el brazo, con las vías, y la cara de mi abuela. Tenía la boca abierta y jadeaba. Me acerqué y toqué su pelo despeinado. La piel estaba templada, seca y fruncida. Le dí un beso en la frente. A su piel reseca no parecía apetecerle recibir humedad. Pensé en el Otoño, en un bosque húmedo y me arrepentí de no fumar un cigarro antes de entrar al hospital. 

—Tengo ganas de tu pollo al ajillo abuela. 

Sentado sobre su cama me giré. Encima de la mesilla alta había unas revistas del corazón, sus gafas y dos pañuelos de papel estrujados. Abrí el cajón. Un par de paquetes de pastillas, una bolsa de tela con artilugios para maquillarse, un cepillo y al fondo su cartera. La abrí, me apetecía volver a ver a La Mary sonriendo. 

—Has venido —Dijo una voz a mi espalda—. 

—Joder tía, qué susto. 

—¿Vas a robar a tu abuela? 

—No tengo otra cosa mejor que hacer. Sólo me apetecía volver a ver su cara. Al menos como era antes. 

—Impacta, ¿verdad? 

—Sí, es una pena. 

Dejé la cartera en el cajón y volví a la ventana. Me lié un cigarro. Intentaba decidir en qué fijarme por el pequeño hueco que dejaba la persiana. Las gotas chocaban intermitentes el trozo de cristal. Mi tía ordenaba el armario o no, no lo sé. Ordenaba. 

—Voy a fumar un cigarro. 

Ni me miró. Hice el camino de vuelta. Abrí el paraguas. Encendí el cigarro. Desapareció el regusto a tierra y hierba mojada y ya lejos de la puerta, humeando, mientras la lluvia remitía, decidí ir al bar de mi calle, pediría pollo al ajillo.